La fascinación por el mundo felino: escritores y gatos
A todos nos tienen fascinados los gatos. Sin duda, cuando en el Antiguo Egipto empezaron a adorar a estos felinos, no sabían lo que estaban haciendo. A día de hoy, son los reyes de las redes sociales: vídeos, memes, imágenes... Y es que no es de extrañar, pues ¿quién que haya tenido uno de estos animales no recuerda alguna travesura de su felino?
Los escritores y las escritoras, por supuesto, no son una excepción y también han caído rendidos a sus patitas, ya que son los compañeros ideales para iniciar la solitaria tarea de escribir sobre el papel —la máquina de escribir o el ordenador—. A continuación, vas a ver por qué.
Escritores y gatos
En la literatura, el Felis catus ha sido compañero y también augurero de malos presagios. Edgar Allan Poe supo explotar a la perfección esta dualidad en su relato de terror psicológico El gato negro (1843). Plutón, el gato del protagonista, es más que un personaje: es obsesión, culpa y paranoia de un hombre que podría tratarse de cualquiera. Más recientemente, Stephen King utilizó al gato Church como representación del horror de aquello sobrenatural, paranormal, que vuelve al mundo de los vivos tras su muerte. Aunque son solo dos ejemplos de cómo los felinos han influenciado la literatura de terror, hay muchos más, en otros tipos de literatura e igualmente conocidos: los gatos de Haruki Murakami en Kafka en la orilla (2002) o los de Charles Baudelaire en Las flores del mal (1857).
Durante el proceso de escritura creativa, estos felinos son los mejores aliados, ya que su presencia «no intrusiva» no demanda al escritor una atención que lo distraiga de su quehacer. Por otra parte, las largas siestas que se pueden echar entre sus piernas, crean un ambiente de relajación que, añadiendo unos ronroneos, reducen el cortisol y la presión arterial, según expertos. Además, la súbita energía que aparece de repente en sus cuerpos obliga a los y las autoras a hacer una pausa tras horas y horas enfrancadas en una trama difícil de construir. Y por último: los gatos, con sus aires de indiferencia, rebajan el ego de los escritores.
Ejemplos
Bien conocida es la relación de Julio Cortázar y el felino nombrado Teodoro W. Adorno, que cada verano llegaba sucio a la casa en donde se alojaba el argentino. Tras años en los que Cortázar lo cuidaba y lavaba, un día el gato decidió ignorarlo completamente.
Se dice que, cuando John F. Kenedy hizo su famosa declaración, Patricia Highsmith fue a la cocina para darle de comer a sus gatos (se dice que llegó a tener hasta seis). Tal es el amor que tenía por ellos que les dedicó parte de su obra: relatos, poemas...
También Jorge Luis Borges dedicó una pequeña parte de su obra a sus felinos, Odín y Beppo:
A un gato




