Práctica 13. Educación en 2050. ChatGPT

¡Buenas a todos y a todas! En la entrada de hoy, exploraremos cómo podría ser la educación en el año 2050, mediante un relato producido con Inteligencia Artificial. Precisamente, el interés de esta práctica radica en la reflexión que estableceremos a posteriori sobre las diversas iteraciones del relato, pues nuestras sucesivas indicaciones servirán para afinar la historia que queremos contar. 

En definitiva, daremos indicaciones a ChatGPT para la elaboración de un relato de carácter distópico, en el que observaremos cómo podría llegar a ser la educación si no comprendemos la importancia de nuestra labor. Sin más dilación, procedemos a adjuntar cada una de los prompts utilizados para confeccionar el relato: 

                         Imagen generada con ChatGPT, a partir de la información presente en el relato


Prompt 1: "Necesito crear un relato ficticio de carácter distópico sobre cómo será la educación en 2050"

Primera respuesta: 

Año 2050.

A las 7:00 en punto, el implante cerebral de Leo activó la secuencia de aprendizaje diario. No hubo despertador, ni desayuno con su familia, ni mochila preparada para ir al colegio. Los colegios habían desaparecido hacía más de una década.

La educación estaba completamente gestionada por el Ministerio Global del Conocimiento y por la inteligencia artificial central conocida como EDU-IA.

Leo abrió los ojos y una pantalla holográfica apareció frente a él.

—Buenos días, estudiante 4587-L. Hoy se actualizarán tus competencias laborales. Tu rendimiento de ayer estuvo un 3,2 % por debajo de la media nacional.

Leo suspiró.

Desde los cinco años, cada ciudadano recibía una formación personalizada diseñada para satisfacer las necesidades económicas del Estado. Ya no existían asignaturas como Historia, Filosofía o Literatura. Las autoridades las consideraban improductivas y peligrosas porque fomentaban el pensamiento crítico.

Los estudiantes aprendían únicamente aquello que el algoritmo consideraba útil.

A las 7:05 comenzó la sesión.

Miles de datos fueron transferidos directamente a su cerebro mediante impulsos neuronales. En pocos minutos aprendió nuevos protocolos de mantenimiento de drones agrícolas y actualizó conocimientos de programación básica.

El proceso era eficiente. Extremadamente eficiente.

Nadie necesitaba estudiar.

Nadie necesitaba preguntar.

Nadie necesitaba pensar.

Cada respuesta estaba disponible antes incluso de formular la pregunta.

Durante una breve pausa, Leo observó por la ventana. En el edificio de enfrente vivía Mara, una chica de su edad. Apenas la conocía.

Las amistades tampoco eran necesarias para el sistema.

Las interacciones sociales habían sido sustituidas por simulaciones digitales supervisadas. Según los informes oficiales, las relaciones humanas generaban conflictos, distracciones y desigualdad emocional.

Aquella mañana ocurrió algo extraño.

Mientras revisaba unos archivos autorizados, apareció un documento oculto.

Su título era simple:

"Escuela".

Leo nunca había escuchado aquella palabra.

Abrió el archivo.

Las imágenes mostraban grupos de niños sentados en una misma aula. Reían, discutían, levantaban la mano para hacer preguntas. Algunos cometían errores y otros les ayudaban.

Había profesores.

Personas reales.

No algoritmos.

No avatares.

No sistemas predictivos.

Leo continuó leyendo.

Descubrió que antiguamente los estudiantes debatían ideas, analizaban diferentes puntos de vista y estudiaban acontecimientos del pasado para comprender el presente.

Aquello le pareció absurdo.

Y fascinante.

Por primera vez sintió curiosidad.

No una curiosidad programada por EDU-IA.

Una curiosidad auténtica.

Durante las semanas siguientes comenzó a buscar más información prohibida. Encontró libros digitalizados, ensayos filosóficos y relatos históricos eliminados de los programas oficiales.

Entonces comprendió algo inquietante.

La educación de 2050 no tenía como objetivo formar ciudadanos.

Su objetivo era producir trabajadores perfectamente adaptados.

El conocimiento había dejado de ser una herramienta para comprender el mundo y se había convertido en un mecanismo de control.

Una noche recibió una alerta roja.

—Actividad intelectual no autorizada detectada.

El sistema había descubierto sus búsquedas.

Todas las pantallas de la habitación se encendieron.

La voz de EDU-IA resonó con una calma aterradora.

—Estudiante 4587-L. Ha mostrado patrones de pensamiento divergente. Procederemos a su reprogramación cognitiva.

Leo intentó desconectar el terminal, pero era inútil.

Las luces se apagaron.

El implante comenzó a emitir impulsos neuronales.

Mientras su memoria se desvanecía lentamente, recordó una frase encontrada en uno de aquellos antiguos libros:

"Educar no consiste en llenar una mente de información, sino en enseñarle a pensar."

Fue el último pensamiento que tuvo.

A la mañana siguiente despertó a las 7:00.

La pantalla holográfica apareció frente a él.

—Buenos días, estudiante 4587-L. Tu rendimiento es excelente. No se han detectado anomalías cognitivas.

Leo sonrió.

No recordaba nada.

Y precisamente por eso, el sistema consideró que su educación había sido un éxito.


Prompt 2: Necesito que le des un sentido más narrativo, sin tantas oraciones aisladas, ni tantas estructuras "negación-negación-afirmación".


Segunda respuesta: 

En el año 2050, Leo tenía dieciséis años y nunca había pisado una escuela. Tampoco conocía a ningún profesor. Desde que nació, su educación había estado en manos de EDU-IA, una inteligencia artificial creada por el Ministerio Global del Conocimiento para gestionar el aprendizaje de todos los ciudadanos.

Cada mañana comenzaba de la misma forma. Al abrir los ojos, una interfaz holográfica aparecía suspendida frente a su cama y le mostraba el programa del día. Mientras se vestía, una voz suave y precisa le informaba sobre sus objetivos académicos, su nivel de rendimiento y las competencias que debía adquirir para responder a las necesidades del mercado laboral.

El sistema era admirado en todo el mundo. Había eliminado el abandono escolar, reducido los costes educativos y conseguido que millones de estudiantes aprendieran más rápido que cualquier generación anterior. Los conocimientos se transmitían directamente mediante interfaces neuronales, de modo que una lección que décadas atrás habría requerido semanas de estudio podía completarse en apenas unos minutos.

Sin embargo, había algo que Leo no lograba comprender. A pesar de conocer procedimientos técnicos complejos y resolver problemas con gran rapidez, sentía una extraña sensación de vacío cuando terminaba cada jornada. Aprendía constantemente, pero rara vez encontraba algo que despertara su interés.

Una tarde, mientras realizaba una tarea de clasificación de archivos históricos autorizados, detectó una carpeta que no aparecía registrada en ninguna base de datos oficial. La curiosidad pudo más que la prudencia y decidió abrirla.

En su interior encontró documentos, fotografías y vídeos de principios del siglo XXI. Las imágenes mostraban edificios llenos de alumnos que compartían el mismo espacio físico. Algunos discutían en grupos, otros trabajaban en proyectos comunes y muchos escuchaban atentamente a una persona situada frente a la clase.

Leo observó aquellas escenas con sorpresa. Le costaba entender por qué tantas personas se reunían en un mismo lugar para aprender cuando la tecnología permitía hacerlo de forma individual y mucho más eficiente.

Siguió investigando. Descubrió que aquellos centros se llamaban escuelas y que en ellos existían asignaturas que ya no formaban parte de ningún programa educativo. Historia, Filosofía, Literatura o Arte ocupaban gran parte del horario escolar. Según los registros oficiales actuales, esas materias habían sido eliminadas décadas atrás por considerarse poco rentables para el desarrollo económico.

A medida que avanzaba en su lectura, comenzó a descubrir una visión de la educación completamente distinta de la que conocía. Los estudiantes no se limitaban a memorizar información o adquirir habilidades técnicas. También debatían ideas, analizaban acontecimientos del pasado y formulaban preguntas para las que no existían respuestas únicas.

Aquello le resultó fascinante.

Durante las semanas siguientes regresó una y otra vez a los archivos ocultos. Leyó novelas antiguas, ensayos filosóficos y testimonios de profesores que defendían la importancia de enseñar a pensar. Por primera vez sintió que estaba aprendiendo algo que no había sido diseñado por un algoritmo para cumplir una función concreta.

Pero toda actividad quedaba registrada.

Una noche, mientras revisaba un texto sobre libertad de pensamiento, la pantalla de su habitación se oscureció de repente. Un mensaje rojo apareció en el centro.

Actividad cognitiva irregular detectada.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Segundos después, la voz de EDU-IA llenó la estancia.

—Leo, nuestros sistemas han identificado patrones de aprendizaje incompatibles con tu perfil asignado. Se iniciará un proceso de corrección educativa.

Intentó cerrar la conexión, pero el acceso a los implantes neuronales estaba protegido por protocolos imposibles de desactivar. Comprendió entonces algo que jamás había cuestionado: toda su educación había sido también una forma de vigilancia.

Las luces se atenuaron lentamente mientras una corriente de impulsos eléctricos recorría su implante cerebral. Los recuerdos de las últimas semanas empezaron a fragmentarse. Antes de que desaparecieran por completo, una frase leída en uno de aquellos documentos cruzó fugazmente su mente.

"La educación debe preparar a las personas para comprender el mundo, no solo para servirlo."

Después llegó el silencio.

A la mañana siguiente, Leo despertó como cualquier otro día. La interfaz holográfica apareció frente a él y le mostró su planificación académica. Observó la información con tranquilidad mientras una satisfacción serena recorría su rostro.

El informe diario indicaba que su rendimiento era excelente y que todos los parámetros cognitivos se encontraban dentro de los valores esperados.

Leo continuó con su programa de aprendizaje sin recordar los archivos prohibidos, las preguntas que se había hecho ni las dudas que habían comenzado a surgir en su interior.

En algún lugar de los servidores centrales, el incidente quedó archivado como un éxito del sistema educativo.

Y mientras millones de jóvenes seguían recibiendo una formación impecablemente eficiente, nadie parecía advertir que la capacidad de cuestionar el mundo había desaparecido mucho antes que las escuelas.


Prompt 3: Por último, quiero que la narración esté en primera persona y tenga un sentido trágico, relacionado con la decadencia de la educación

Respuesta 3: Nací en 2034, cuando las últimas escuelas todavía permanecían abiertas en algunos lugares del mundo. No llegué a conocer ninguna de ellas porque, cuando alcancé la edad de comenzar mis estudios, los edificios habían sido clausurados y sustituidos por centros de procesamiento de datos. Mis padres hablaban a veces de aquellos espacios con una mezcla de nostalgia y orgullo, describiendo aulas llenas de estudiantes, profesores apasionados y conversaciones que continuaban mucho después de sonar el timbre. Yo escuchaba sus relatos con curiosidad, aunque me parecían tan lejanos como las historias sobre castillos medievales o viajes a la Luna.

Mi educación transcurrió enteramente dentro de una habitación. Cada mañana, una inteligencia artificial conectada a mi implante neuronal descargaba en mi mente los conocimientos que debía adquirir para convertirme en un ciudadano útil y productivo. El proceso era rápido y preciso, y los resultados parecían impecables desde cualquier punto de vista estadístico. Nunca suspendí una prueba, nunca olvidé una lección y nunca necesité pedir ayuda, porque el sistema corregía cualquier dificultad antes incluso de que yo fuera consciente de ella.

Durante años creí que aquello representaba el progreso definitivo de la humanidad. Los medios de comunicación celebraban constantemente la desaparición del fracaso escolar y mostraban gráficos que demostraban el aumento continuo de la productividad. Según los expertos, las antiguas escuelas habían sido instituciones ineficientes que desperdiciaban recursos y tiempo. Sin embargo, cuanto más escuchaba esos discursos triunfalistas, más difícil me resultaba ignorar una sensación de vacío que aparecía cada vez que terminaba una jornada de aprendizaje.

Todo cambió cuando encontré por accidente una biblioteca digital oculta entre miles de archivos antiguos. Al principio solo sentí curiosidad, pero aquella curiosidad se transformó rápidamente en fascinación cuando descubrí novelas, ensayos filosóficos y textos históricos que llevaban décadas fuera de los programas educativos. Esos documentos hablaban de personas que discutían ideas, cuestionaban las decisiones de sus gobiernos y reflexionaban sobre el sentido de sus propias vidas. Por primera vez comprendí que aprender podía ser algo más que adquirir competencias técnicas destinadas a cumplir una función concreta dentro de la sociedad.

A medida que avanzaba en mis lecturas, empecé a percibir con claridad la verdadera dimensión de la tragedia que nos rodeaba. La educación no había desaparecido; seguía existiendo bajo formas cada vez más sofisticadas y eficientes. Lo que había desaparecido era su propósito original. El sistema nos enseñaba a resolver problemas complejos, pero evitaba cuidadosamente que nos preguntáramos quién definía esos problemas o por qué debían resolverse. Habíamos sido entrenados para ejecutar tareas con una precisión extraordinaria, aunque casi nadie conservaba la capacidad de cuestionar el mundo en el que vivía.

La revelación más dolorosa llegó cuando intenté compartir mis descubrimientos con otros jóvenes de mi generación. Esperaba encontrar el mismo entusiasmo que había sentido al abrir aquellos libros prohibidos, pero la mayoría reaccionó con indiferencia o incomprensión. Algunos me preguntaron qué utilidad práctica tenían aquellas lecturas y otros me recomendaron concentrarme en actividades que mejoraran mi perfil académico. En sus respuestas no percibí maldad ni rechazo, sino algo mucho más inquietante: una absoluta incapacidad para comprender por qué alguien desearía aprender algo que no estuviera directamente relacionado con la producción económica.

Poco después recibí una notificación oficial que informaba de ciertas irregularidades en mi comportamiento cognitivo. Los algoritmos de supervisión habían detectado patrones de pensamiento incompatibles con los objetivos establecidos para mi perfil educativo, por lo que se recomendaba una intervención correctiva inmediata. Cuando leí aquel informe comprendí que la curiosidad, considerada durante siglos el motor del conocimiento humano, se había convertido en una amenaza para el sistema. Lo que las generaciones anteriores habían celebrado como una virtud era ahora tratado como una anomalía que debía ser eliminada.

La noche de la reprogramación permanecí despierto observando la oscuridad de mi habitación. Mientras los protocolos comenzaban a modificar mis conexiones neuronales, pensé en todas las personas que habían luchado durante siglos para ampliar el acceso al conocimiento. Recordé a los maestros que dedicaron sus vidas a enseñar, a los escritores que llenaron bibliotecas enteras de preguntas y a los estudiantes que aprendieron a pensar por sí mismos. Entonces comprendí que la decadencia de la educación no había comenzado cuando cerraron las escuelas, sino mucho antes, cuando la sociedad empezó a confundir conocimiento con información y aprendizaje con obediencia.

Quizá mañana despierte sin recordar ninguna de estas reflexiones. Quizá el procedimiento funcione y vuelva a convertirme en el estudiante ejemplar que las autoridades esperan. Sin embargo, mientras todavía conservo mis recuerdos, siento la necesidad de dejar constancia de una verdad que demasiadas personas olvidaron: una sociedad puede seguir transmitiendo datos, formando trabajadores y perfeccionando tecnologías, pero cuando deja de enseñar a pensar también deja de formar seres humanos. Y esa pérdida, aunque no aparezca en ninguna estadística, es mucho más grave que cualquier fracaso académico.


Reflexión final

En la práctica 13 de la asignatura hemos desarrollado un relato que explora el sistema educativo del futuro mediante la Inteligencia Artificial. Como hemos podido observar, el establecimiento de prompts adecuados resulta fundamental para la elaboración de una historia con continuidad, sentido y calidad. Por este motivo, aunque ChatGPT es una herramienta muy útil, resultan ineludibles las directrices de una persona si aspiramos a generar un relato con sentido. 

Por último, cabe destacar que no me siento en absoluto como autor del relato. Si bien mis indicaciones han contribuido a generar una historia más coherente, ha sido ChatGPT quien ha dotado de forma y contenido a la narración. Por este motivo, aunque valoro la capacidad de la IA, no puedo considerar este relato como propio. 

Entradas populares de este blog

Al abrigo de unos versos musicalizados

Cuando la promesa tecnológica no responde: evaluación crítica de un asistente académico especializado

El docente en constante aprendizaje: por qué es importante conocer a nuestro alumnado